📓 Rumbo al sur, con bebé y paciencia limitada 😅Un hermoso día de sol partimos al mediodía rumbo a la frontera de Coyhaique Alto. El cielo estaba despejado, el ánimo arriba y la sensación de aventura en su punto máximo ☀️🏔️
El trayecto es, sin exagerar, una maravilla. Montañas que se mezclan con valles llenos de flores, árboles por todos lados y esa Patagonia que te deja sin palabras 📸✨. La ruta es de ripio, sí, pero está bien mantenida y se puede avanzar con relativa comodidad… o eso creíamos.
Llegamos cerca de las 15:00 a la frontera y la escena fue menos poética: una fila interminable. Dos horas después logramos cruzar. Para ese entonces, Octavia —con apenas dos meses— ya empezaba a perder la paciencia. Y cuando la patrona amenaza con su llanto característico… todos temblamos 😅😬
Buscamos rápido un lugar para instalarnos antes del estallido. Encontramos un sitio eriazo, sencillo pero con agua. Los vecinos nos dijeron que era el
camping oficial de Villa Doctor Ricardo Rojas. Cruzamos el alambrado, armamos campamento y listo. Tenía lo justo y necesario para pasar la noche. Y lo mejor: era gratis 🙌
Al día siguiente salimos rumbo a Río Mayo. Nunca imaginamos que 76 kilómetros nos tomarían dos horas. La ruta estaba bravísima, llena de calaminas. Si pasábamos los 60 km/h el auto empezaba a vibrar como si fuera a desarmarse 🚗💨. Nuestra mayor preocupación: la cabecita de Octavia. Hicimos cinco paradas hasta que por fin llegamos y tomamos la mítica Ruta 40, ya pavimentada. Un alivio absoluto.
Como queríamos playa, terminamos en Rada Tilly, un pueblito chiquito y encantador 🌊💙. Íbamos por una noche… nos quedamos casi una semana. El ambiente era increíble. El camping estaba lleno, pero al vernos con bebé nos hicieron un espacio entre unos árboles. Después supimos que era el único camping en 400 kilómetros 😅
Y como si fuera poco, habíamos enviado todo el presupuesto por Western Union y justo ese fin de semana empezaba el carnaval de final de verano 🎭. Las oficinas cerradas de lunes a miércoles. Era sábado. Maravilloso timing 💸🫠
El jueves, con la piel más bronceada y la billetera en pausa, retomamos la Ruta 3 rumbo al sur. Recorrimos 420 kilómetros sin encontrar absolutamente nada. La pampa se hizo eterna 🚫. A las cinco de la tarde, Octavia empezó a llorar. Y cuando Octavia llora… el mundo se detiene 😩
Finalmente llegamos a
Puerto San Julián. El camping, impecable. Las instalaciones, excelentes. Pero el olor del puerto… inolvidable. Digamos que esa noche dormí poco y respiré menos 😅🌬️
Al otro día retomamos la ruta… después del mediodía, porque en esta familia el road trip se financia en tiempo real 💻😅. Mientras Andrey trabajaba para que esta aventura siguiera existiendo, yo contemplaba la pampa austral sintiéndome protagonista de documental.
Y la estepa decidió regalarnos espectáculo: guanacos elegantes al borde del camino 🦙, ñandúes corriendo desordenados, un pequeño armadillo cruzando con total impunidad y las míticas plantas rodadoras bailando con el viento 🌬️. La Patagonia no es silenciosa, es teatral.
Dormimos en Río Gallegos, aunque si hubiésemos sabido lo que nos esperaba más al sur, cruzábamos la frontera sin pestañear para llegar antes a Cerro Sombrero. Lo digo sin exagerar: el mejor camping de toda la ruta. Ordenado, tranquilo y con esa paz que solo se encuentra en medio de la nada.
Cruce a Chile 🇨🇱Aquí mi corazón chileno se divide. Amo la rigurosidad… pero esta vez la sentí en carne propia 😅. Nos querían revisar absolutamente todo. Cada bolso. Cada rincón.
Y sí, nos quitaron unas papas 🥔 que habíamos comprado días antes. “Debe declarar y guardar la boleta”, me explicaron. Yo asentí en silencio, en modo alumna aplicada. Con una guagua de dos meses uno no discute, uno coopera.
Entre tanto bajar y subir del auto, Octavia se agotó. Y cuando Octavia se agota… el universo lo sabe. En plena revisión del maletero activó su llanto nivel soprano dramática 🎭😩. El oficial, compasivo (o saturado), nos dejó continuar. Hija, tu intensidad nos abre fronteras.
Cruzamos el ferry desde Punta Delgada a Bahía Azul 🚢. Cuarenta y cinco minutos de viento y agua gris infinita. Después tomamos la ruta Y-79. Qué decisión más hermosa. Ripio firme, amplitud, soledad majestuosa. Manejar ahí era casi meditativo. La Patagonia se siente inmensa y tú diminuto… pero feliz.
Esa noche dormimos en Río Grande, en la Casa Azul de Graciela 💙. Un abrazo hecho alojamiento.
Y al día siguiente, la ansiedad por llegar a Ushuaia nos empujaba. 212 kilómetros de transición perfecta: árboles tímidos que se transforman en bosques robustos de coigües, lengas y ñires 🌳✨.
Almorzamos frente al Lago Escondido. Silencio. Agua quieta. Respiración profunda.
Ahí entendí que el viaje ya no era solo llegar al fin del mundo… era todo lo que nos estaba pasando en el camino.
Y Ushuaia todavía ni aparecía. 💙🌎